Improntas tempranas y el movimiento corporal libre

Improntas tempranas y el movimiento corporal libre

En nuestro paso por la vida intrauterina y la experiencia del nacimiento recibimos múltiples informaciones bioquímicas y emocionales, que serán instauradas en forma de memorias corporales, también llamadas improntas tempranas. Esto es, muchos de los síntomas orgánicos y psíquicos que padecemos en la vida adulta, son el resultado de vivencias traumáticas vividas dentro del útero materno y del momento de venir al mundo. Estas improntas tempranas quedan registradas como una forma de una información inconsciente en nuestro sistema psico-corporal, las cuales seguirán afectándonos de manera limitativa durante la vida adulta y se reflejan en nuestra forma de relacionarnos desde nuestro cuerpo con el mundo que nos rodea.

 

¿Cómo podemos favorecer un desarrollo psico-emocional sano del niño a pesar de las improntas tempranas?

 

El niño/a cuando se mueve en libertad y en contacto con la naturaleza, pone en marcha una serie de mecanismos adaptativos y de desarrollo de habilidades, que le permitirán madurar y expandir los diferentes tipos de inteligencia (cognitiva, emocional, cinestesica, espacial, creativa, ecológica…) para así formarse íntegramente como ser humano y desarrollar la destreza necesaria, para transformar las improntas tempranas en oportunidades con una maduración psico-emocional sana.
Para ello el niño con el juego libre y el favorecimiento de un movimiento corporal expresivo, en el cual sea consciente de sus emociones, hará uso de la fantasía como herramienta del inconsciente para resolver y expresar los conflictos que tiene en la memoria como improntas tempranas. Para ello el niño/a tomará un material verdadero, como por ejemplo un tronco de madera, que tiene forma irregular o no, una determinada textura, un peso, un olor, un color, además de hacer uso de su propio movimiento corporal y se verá abocado a la inspiración de algunos usos (micrófono, varita “mágica”, coche, etcétera) con lo cual expresará parte de su mundo interno creando una trama con inicio, desarrollo y conclusión.

 
Por tanto, se recomienda que el infante, desde que comienza a andar y hasta los siete años, debe tener la oportunidad de crecer en un ambiente de juego libre donde pueda explorar y descubrir el mundo y a las personas que le rodean, ya que si en la primera infancia le mantenemos sentado/a, concentrado, prestando atención y rellenando fichas, nada tiene sentido para él. Todo esto se propone, además, desde la exigencia de un aprendizaje que no se corresponde con el desarrollo intelectual del niño en esta etapa, por lo que se desmotiva con facilidad, se muestra apático y pierde el interés por ir al colegio. Esto último, favorece que el niño/a actualice y somatice físicamente las improntas tempranas en forma de catarros, obesidad, diabetes, estreñimiento, ansiedad, insomnio, déficit de atención, hiperactividad…

 El juego es el puente a través del cual el niño/a descubre el mundo y aprende a gestionar la información contenida en su inconsciente derivada de sus vivencias tempranas (improntas) para desarrollarse como un ser adulto en plenitud.

 

Teresa Rodríguez
Terapéuta Gestalt y corporal-Consteladora Familiar
Naturópata-Educadora en consciencia prenatal

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